confía en mí
Me recuerda a una de aquellas leyes no escritas que teníamos todos los niños y niñas del recreo: la promesa de los meñiques. Aquella era inquebrantable, todo el mundo sabía que si alguien te decía algo bajo ese juramento iba a ser verdad y no desconfiabas, sabías que tu amigo no te traicionaría y punto.
Ahora, cuando debemos dar un voto de confianza a alguien, automáticamente giramos la cabeza hacia la izquierda para escuchar a ese pequeño demonio que se ha posado en nuestro hombro y que nos susurra al oído que nos andemos con cuidado. No hay forma de asegurarnos de que no nos va a traicionar, ni siquiera cuando nos dice: confía en mí, frase que debería haberse convertido en una ley no escrita de los adultos. Pero es que los adultos están por encima de eso, sus intereses están por encima de eso, las únicas leyes que cumplen son las escritas y porque hay un castigo detrás de ellas. De lo que no son conscientes es que detrás de el no cumplimiento de una regla no escrita sí que hay un castigo, pero moral.
¿Y por qué tendemos a desconfiar de todo el mundo? Quizás sea la experiencia de la vida, todos hemos sido traicionados alguna vez por conocidos, por amigos o incluso por los padres, y en nuestra tendencia natural a escapar del sufrimiento decidimos que no volveremos a depositar nuestra confianza en esa persona. Lo malo o lo bueno, dependiendo del caso, es que muchas veces acabamos olvidándolo.
Pero, ¿cuántas veces se puede olvidar?

Tendemos a confiar en los desconocidos porque son los únicos que aún no nos han traicionado.
Anónimo
Ahora, cuando debemos dar un voto de confianza a alguien, automáticamente giramos la cabeza hacia la izquierda para escuchar a ese pequeño demonio que se ha posado en nuestro hombro y que nos susurra al oído que nos andemos con cuidado. No hay forma de asegurarnos de que no nos va a traicionar, ni siquiera cuando nos dice: confía en mí, frase que debería haberse convertido en una ley no escrita de los adultos. Pero es que los adultos están por encima de eso, sus intereses están por encima de eso, las únicas leyes que cumplen son las escritas y porque hay un castigo detrás de ellas. De lo que no son conscientes es que detrás de el no cumplimiento de una regla no escrita sí que hay un castigo, pero moral.
¿Y por qué tendemos a desconfiar de todo el mundo? Quizás sea la experiencia de la vida, todos hemos sido traicionados alguna vez por conocidos, por amigos o incluso por los padres, y en nuestra tendencia natural a escapar del sufrimiento decidimos que no volveremos a depositar nuestra confianza en esa persona. Lo malo o lo bueno, dependiendo del caso, es que muchas veces acabamos olvidándolo.
Pero, ¿cuántas veces se puede olvidar?

Tendemos a confiar en los desconocidos porque son los únicos que aún no nos han traicionado.
Anónimo
Etiquetas: reflexiones

2 comentarios:
Definitivamente, esto del blog, se te da muy bien.
Respecto a los primeros párrafos, juro que me he dicho "a esta chica le gustaría estudiar Derecho"
Respecto a lo último...
En un principio, siempre somos desconocidos, hasta para nosotros mismos.
Ahora mismo estoy en crisis de carrera, mi alternativa a medicina es periodismo con algo más y estoy pensando en derecho, humanidades o ciencias políticas así que no estás tan desencaminado...
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio